La pintura de Movellán no necesita explicación. En su trabajo hay una seguridad poco frecuente y una forma de estar en la pintura que responde a la certeza. Todo parte de ahí, de una relación directa, intensa, inevitable con el acto de pintar. Su obra nace de una pulsión que se impone a cualquier programa previo y cualquier intención cerrada. Surge como una necesidad que encuentra su forma en la materia, como si lo que habita en un plano más profundo encontrara en la superficie su forma visible. En esta etapa de plenitud, el color adquiere una intensidad que remite a lo barroco en su dimensión más seductora. La pintura se carga de densidad y presencia. Los blancos, trabajados como veladuras, filtran la luz y generan una profundidad que se percibe casi físicamente. La superficie se construye en capas que se superponen y se tensan, dando lugar a una vibración continua. El gesto confirma esa misma intensidad. El brochazo amplio y suelto marca el ritmo de la superficie y establece una relación directa con la materia. Hay una libertad que nace del dominio. En los últimos trabajos, el uso del acrílico permite una construcción por capas que mantiene la tensión en la superficie. Trabaja con brochas, reservando el pincel para intervenciones más precisas, y en ocasiones el gesto se vuelve más inmediato, como si la pintura se resolviera desde el cuerpo. En ese diálogo entre control y apertura aparece uno de los aspectos más interesantes de su trabajo, la capacidad de sostener la tensión sin resolverla del todo. Hay momentos en los que la pintura se suelta completamente y es precisamente ahí donde alcanza una verdad difícil de fingir. Décadas de trabajo han consolidado un lenguaje que se reconoce de inmediato. En ese punto aparece la sprezzatura, esa cualidad en la que la complejidad queda absorbida por una aparente naturalidad. La pintura fluye con una facilidad que es resultado de un conocimiento profundo y de una relación sostenida con el medio. En su obra conviven registros distintos que responden a una misma mirada. La intensidad expresiva y la dimensión conceptual parten de un mismo lugar. Cada pieza participa de una coherencia interna que atraviesa toda su producción. Es la misma mirada desde distintos sitios. Una continuidad que refuerza su identidad como autor y que da unidad al conjunto. Hay una implicación absoluta con la pintura que se percibe en cada gesto y en cada decisión. Esa relación directa genera una presencia inmediata, como si respondiera a algo que ya estaba ahí y encontrara su lugar, con una fuerza particular y una conexión que se sostiene. La experiencia de su obra transforma el espacio e introduce una energía que altera la percepción y que se mantiene más allá del primer contacto. La pintura deja de ser un objeto para convertirse en un lugar en el que uno permanece, en el que algo sigue actuando incluso cuando ya no se está mirando. En Movellán la pintura alcanza un punto en el que deja de justificarse y simplemente sucede. La obra se sostiene por sí misma, con una intensidad y una claridad que la convierten en una presencia que permanece y se incorpora a quien la experimenta.
Loles Sempere (Historiadora del arte)